Image by Mabel Amber, still incognito... from Pixabay

(Este texto se publicó originalmente en el blog del CRIF-Las Acasias, con motivo de un módulo sobre lectores en red que tuve el honor de coordinar para el MOOC Lectores Mutantes. Libros, ficciones y otras textualidades para formar jóvenes lectores, organizado por el CRIF Las Acasias y Laboratorio Emilia de Formación)

Si el lector mutante llevara en el bolsillo un aparato electrónico con más potencia que la computadora que llevó a los astronautas a la Luna, podría hacer algunas cuantas cosas.

Podría aficionarse a los videos de una chica que habla de forma muy apasionada de los libros de las hermanas Brontë, por decir algo. Y es que al lector mutante le encantan las hermanas Brontë. Y Jane Austen. (Y si le gustaran las novelas de romance juvenil o de terror metafísico seguramente también podría encontrar algo…) Así podría enterarse de las nuevas ediciones ilustradas de las novelas de las hermanas Brontë y de Jane Austen, porque en su instituto todo el mundo parece interesado en temas demasiado mainstream como el expresionismo abstracto o las finales del Mundial Femenil de hockey sobre hierba.

Y es que el lector mutante (o la lectora mutante, ya se entiende) a menudo siente que no encaja.

La lectora mutante podría fotografiar la portada del libro que está leyendo (o que simula estar leyendo). Quizá lo haría para seducir a alguien, para quedar bien con sus amigos o para tranquilizar a su madre, que siempre le insiste en que leer es muy importante, aunque lleve años sin hacerlo.

También podría fotografiar la frase inspiradora que acaba de subrayar con bolígrafos de colores, caras sonrientes y corazones. Si la cámara de su móvil estuviera integrada a plataformas sociales, podría escribir una breve reflexión en la que relaciona ese pasaje con la idea de otro libro o con una serie de televisión que vio el día anterior en la misma pantalla. Luego podría compartirla simultáneamente en tres o cuatro plataformas sociales. Para que se enteren sus amigos de Caracas, Tenerife, Quito o San Diego, a pesar de que nunca ha estado en Caracas, Tenerife, Quito o San Diego. A los amigos de la lectora mutante (lector mutante) también les gustan las hermanas Brontë o el terror metafísico.  

Los lectores mutantes intercambiarían likes, comentarios, emoticones. Escribirían reseñas, calificarían los libros leídos según la escala de cinco estrellitas, se propondrían leer 31, 77 o 364 libros años al año y dirían ¡I love it! cuando otro lector/lectora mutante compartiera la foto con un Funko-Pop de Emily, Charlote o Anne Bronteë… Si tuvieran un dispositivo en el bolsillo que se conecta a internet todo el tiempo, en cualquier lugar.

A pesar de vivir en países tan distintos, podrían descubrir que otra persona se ha tatuado el escudo de la casa de Gryffindor en el antebrazo, cosa la lectora/lector mutante siempre ha deseado. Esa sintonía podría convertirse en una amistad. Los lectores mutantes eventualmente podrían viajar para conocerse, preferentemente durante alguna Feria del Libro, donde además de libros de las hermanas Brontë, de terror metafísico o de cocina vegana, a veces se puede conseguir la firma de un autor (o autora) venerado. Incluso podrían tomarse una selfie y compartirlo con el resto de sus amigos en Caracas, Tenerife, Quito o San Diego… Si tuvieran un dispositivo electrónico en sus bolsillos.

El lector mutante quizá podría animarse a escribir lo que pasaría si los protagonistas de una zaga de vampiros románticos establecieran una relación sadomasoquista. Y con un poco de suerte, coleccionaría tantas lecturas que recibiría una oferta para convertir esas historias ligeramente picantes en una novela ligeramente picante. La novela se convertiría en un best-seller, el lector/autor mutante escribiría dos novelas más y un gran estudio de Hollywood pagaría una millonada por adaptarlas al cine.

Pero si no tuviera tanta suerte, sus historias sobre vampiros románticos o sobre, qué se yo, un imaginario romance entre Jon Snow y Rosalía conseguiría algún like, algún consejo sobre cómo hacer más creíbles los diálogos o un comentario que la alentaría a seguir escribiendo. La lectora/lector mutante se inscribiría entonces a un taller literario en la biblioteca de su barrio, dirigido por un experimentado novelista que ha publicado cuatro libros en grandes sellos editoriales pero que apenas llega a fin de mes.

Si los lectores mutantes fueran muchos, no tantos como para desplazar al hockey sobre hierba o al expresionismo abstracto del centro de la cultura de masas, pero suficientes como para hacer que unos cuantos libros se vendan más o menos, podrían recibir favores de la industria editorial: libros gratis a cambio de reseñas, cenas con autores, cajas sorpresas. Unos pocos podrían considerarlo una traición. ¿Pero traición a qué o a quién? Si los lectores mutantes leen por pasión desinteresada, como siempre ha pasado en la historia, aun cuando no existían ediciones de bolsillo ni imprenta. Incluso cuando había que transcribir las cosas a mano…

Si tuvieran un aparato electrónico en el bolsillo los lectores mutantes podrían llegar a creer que existe literatura más allá de los libros.

O en un descuido, podrían inscribirse a un curso en línea con personas de todo el mundo, incluso de Caracas, Tenerife, Quito o San Diego. Aprenderían a través de videos que los profes grabaron con sus propios aparatos de bolsillo. Y luego intercambiarían likes, comentarios, emoticonos.

Si llevaran en los bolsillos aparatos electrónicos con más capacidad de computo que el ordenador que llevó a los astronautas a la Luna.

(La imagen que ilustra este post es de Mabel Amber, still incognito… tomada Pixabay.)

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José Miguel Tomasena

Escritor, periodista, profe. Autor de La caída de Cobra (Tusquets, 2016). Co-guionista de Retratos de una búsqueda. Premio Bellas Artes de Cuento San Luis Potosí en 2013 por ¿Quién se acuerda del polvo de la casa de Hemingway (Paraíso Perdido, 2018). En este momento realiza una investigación etnográfica sobre booktubers en lengua española.