Estábamos en el Festival Zanate de Cine Documental, en Colima, y después de ver un documental sobre un bato que investiga un terrible secreto de familia, estaba programado un concierto del Chocho Maldito. Abrió una banda de treintones que usaban bermudas y botas industriales, muy noventero el pedo, que se parecían tanto a Pearl Jam que hasta el cantante hacía caras como Eddie Vedder.

Y luego tocó el Chocho con su power trío. Guitarra, bajo y batería. Y era pura potencia, delirio. Un tren desbocado. Era Elvis, era Muddy Waters, era Johny Cash. Y era Chuck Berry y Los Ramones y Jaime López… La banda seguía al Chocho, tomaban ritmo, y luego no sabían cómo parar. Después supe que sólo habían ensayado dos o tres días y que por eso no sabían cómo finalizar las canciones. Huían hacia adelante, en ese tren rítmico, hasta que se cansaban, el Chocho hacía una señal y terminaban como todas las bandas de garage: haciendo un pinche ruidero.

Al final del concierto, Caro Platt me presentó al Chocho. Él había hecho la música de su documental, La hora de la siesta. Pura guitarrita acústica, melódica. Perfecta para acompañar una peli que se asoma a la tragedia desde la ternura.

Le pregunté dónde podía comprar un disco suyo. Y él me dijo que traía unos cuantos, que costaban cien baros, pero que igual podía bajarlo de su página de Facebok,  yo le dije que no me importaba, que quería el disco, así es que el bato me vendió un CD quemado envuelto en una caja de cartón qué él mismo había hecho a mano.

Cuentos del desierto, del Chocho Maldito. Disco hecho a mano

Cuentos del desierto, del Chocho Maldito. Disco hecho a mano

Cuentos del Desierto, decía escrito con plumón negro y un dibujito. Muy punk el pedo. La grabación me reveló otra faceta del Chocho. Más tranquila, acústica, ranchera. En definitiva: rupestre –esa palabra que sirvió para designar una corriente de rock chilango en los ochenta entre los que estaban Rockrigo González, Jaime López, Nina Galindo, Arturo Meza y otros. El Chocho puede entregar mucho más que acelere: es sutil, es divertido, es sólido.

Ahora está sacando un nuevo disco. Se llama De: Por & Para. Ofrece su misma versatilidad y humor y energía.  Sólo que ahora suena más chingón. Hay rolas  tranquilas, como la melancólica Cazador (cuyo video, dirigido por Caro Platt, es una chulada), la rancherona Ojos de Zanate o un blues para ardidos titulado Dolor de huevos; del lado del acelere, también hay para repartir: el rockabilly a tope en Todo Bien, Oda al mostro (mi favorita, probablemente) y Chilokuili, que me recuerda a Grace, de Jeff Buckley.

Música para tristear y para reírse de nuestra patética tristeza.

En resumen: chulada.

Bonus:

 

 

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José Miguel Tomasena

Escritor, periodista, profe. Autor de La caída de Cobra (Tusquets, 2016). Co-guionista de Retratos de una búsqueda. Premio Bellas Artes de Cuento San Luis Potosí en 2013 por ¿Quién se acuerda del polvo de la casa de Hemingway. En este momento realiza una investigación etnográfica sobre booktubers en lengua española.