La condición del testigo. El testigo del desastre. Aquel que observó, escuchó algo indeseable y que pagó el precio. (Por eso existe el verbo atestiguar). Aquel que atestiguó el desastre, la muerte, el mal y sobrevivió para contarlo.

En el caso de un artista, de alguien que concibe su trabajo como mediador, hay una doble obligación: la más obvia, no callarse; la más sutil, no cerrar los ojos.

¿Cómo mirar el horror sin enloquecer o suicidarse?

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Cuando veía La sal de la tierra, de Wim Wenders y Juliano Salgado, un documental sobre el fotógrafo Sebastiao Salgado, encontré un consuelo especial en la coda esperanzadora: pequeñas semillas cuidadas en un vivero para reforestar montañas baldías, un nuevo comienzo, insignificante, como las metáforas del Evangelio (La semilla de mostaza y La sal de la Tierra, precisamente), pero que con el tiempo da sus frutos: humedad, insectos, árboles que embarnecen, sombra fresca.

Un día antes había hablado con Alicia, después del estreno de Retratos de una búsqueda, sobre el tono final de su documental. ¿No era demasiado negro el panorama que presentamos? ¿No era demasiado dolor? ¿Los espectadores son capaces de procesas un sentimiento así, tan tremendo, o hemos corrido el riesgo de vacunar? (Yo agradezco mucho más un rostro roto en lágrimas que todos los discursos juntos. Pero el mundo no soy yo). Y al ver la película de Wenders, que también transita por terrenos de dolor extremo, la imagen más negra de la humanidad, cuando el fotógrafo dice frente sus imágenes del genocidio de Ruanda, en el que desaparecieron más de 250 mil personas (¡250 mil!): “No merecemos vivir. Los seres humanos no merecemos vivir”, al ver la película de Wenders y el quiebre del testigo, pensé en cuánto necesito de la esperanza, de un horizonte que le de sentido a esta oscuridad.

Ayotzinapa, Ayotzinapa: 43 desaparecidos y un cadáver al que le arrancaron el rostro y los ojos.

Salgado dio un giro. Se dedicó a fotografiar la naturaleza y a los pueblos puros, y ahí encontró vida, y encontró belleza y encontró futuro.

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Le encuentro sentido a la condición profética del testigo. Le encuentro un valor enorme. Simplificando mucho, creo que el principal mérito de Alicia en Retratos ha sido el de ser testigo. Recibir la confianza que las madres han depositado en ella, su dolor sin fondo, y transmitir la tremenda fuerza moral de su historia, sin interferir demasiado. Como le dijo una señora al finalizar la segunda función: la virtud de la película es que es nítida, transparente. No pretende demostrar lo sofisticada, inteligente y sensible que es la directora. El testigo es el que no se calla y el que mantiene los ojos abiertos ante el horror.

Lo único que tenemos es la experiencia. Pasada por la técnica, claro, pulida con cuidado, pero finalmente es experiencia, vida, subjetividad en acción. Cada vez me convenzo más de que el trabajo del artista tiene que ver con esto. Y es delicado, porque requiere un conocimiento técnico del lenguaje, de la estructuras narrativas; pero sobre todo, requiere de conocimiento interior: se necesita ser muy humilde y muy sincero y muy valiente para mirarse por dentro mientras miramos el mundo derrumbándose. Es la fuerza moral que encuentro en los artistas que admiro: no es su simple gesto técnico, sino su fuego interior.

Goya: los desastres de la guerra. Sebastiao Salgado: el horror de los genocidios, del hambre, la esclavitud. Marcela Turati: el valor de no reprimir el llanto mientras reporteas.

¿Desde dónde escribo y cómo me dejo afectar por aquello que experimento?

¿Qué dejo que me condicione?

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Recuerdo un libro de Gil Courtemanche (y al verificar la ortografía de su nombre en Google me entero de que murió en 2011: cáncer) que se llama Un domingo en la piscina de Kigali y del que ya he olvidado todos los detalles, salvo la impresión fulminante: era una especie de homenaje a sus amigos asesinados en Ruanda, es una descarga de rabia y un retrato del horror. Me gustaría comprar otra copia, volverlo a leer.

Me gustaría estudiar con más cuidado a los novelistas de la Revolución Mexicana. Me gustaría explorar, precisamente, su condición de testigos. Me gustaría entender qué es lo que un escritor como yo, cien años después, puede hacer frente a un país que se derrumba. Me gustaría saber qué significa ser testigo de la rapiña, la miseria moral y la violencia.

 

Este post fue publicado originalmente en el blog Índice de Mentiras.

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José Miguel Tomasena

Escritor, periodista, profe. Autor de La caída de Cobra (Tusquets, 2016). Co-guionista de Retratos de una búsqueda. Premio Bellas Artes de Cuento San Luis Potosí en 2013 por ¿Quién se acuerda del polvo de la casa de Hemingway. En este momento realiza una investigación etnográfica sobre booktubers en lengua española.